"Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra" (blas de otero)

Poetas y poetisas, testigos del misterio inefable de la muerte y resurrección de Cristo.

Poesía para Semana Santa

Comentarios al evangelio, palabra diaria, imágenes, power point, actualidad, biblioteca y artículos. Secciones dedicadas a la Iglesia, María, la familia, vida religiosa, matrimonio y los jóvenes.

Ciudad Redonda

“La Cuaresma, un itinerario de renovación espiritual marcado por el significado simbólico que la Escritura da al número cuarenta, a saber: una paciente perseverancia, una larga prueba, un tiempo suficiente para ver la obra de Dios, un tiempo también para asumir nuestra propia responsabilidad”.

Peregrinos en Cuaresma

   

Santo Evangelio según San Juan 21, 1-19

Juan 21, 1-19

Después de esto, Jesús se apareció otra vez, a orillas del lago de Tiberias. Sucedió de esta manera: Estaban juntos Simón Pe­dro, Tomás, al que llamaban el Gemelo, Natanael, que era de Cana de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Me voy a pescar." Ellos contestaron: "Nosotros también va­mos." Fueron, y subieron a una barca; pe­ro aquella noche no pescaron nada. Cuan­do comenzaba a amanecer, Jesús se apare­ció en la orilla, pero los discípulos no sa­bían que fuera él. Jesús les preguntó: "Mu­chachos, ¿no habéis pescado nada?" "Na­da" Jesús les dijo: "Echad la red a la dere­cha de la barca y pescaréis." Así lo hicie­ron, y no podían sacar la red por los mu­chos peces que habían cogido. Entonces aquel discípulo a quien Jesús quería mucho le dijo a Pedro: "¡Es el Señor!" Apenas oyó Pedro que era el Señor, se vistió, y se lan­zó al agua. Los otros discípulos llegaron a la playa con la barca, arrastrando la red lle­na de peces. Al bajar a tierra encontraron un fuego, con un pez encima, y pan. Jesús les dijo: "Traed algunos peces." Simón Pe­dro subió a la barca y arrastró hasta la pla­ya la red llena de grandes peces, ciento cin­cuenta y tres. Y aunque eran tantos, la red
no se rompió. Jesús les dijo: "Venid a co­mer." Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle, porque sabían que era el Se­ñor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; y lo mismo hizo con el pescado. Cuan­do ya habían comido, Jesús preguntó a Si­món Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?" Pedro le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos." Volvió a pre­guntarle: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Pedro le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas." Por tercera vez le preguntó: "Si­món, hijo de Juan, ¿me quieres?" Pedro, en­tristecido porque Jesús le preguntaba por tercera vez si le quería, le contestó: "Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero." Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Te ase­guro que cuando eras más joven te vestías para ir a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ves­tirá y te llevará a donde no quieras ir. Al decir esto, Jesús estaba dando a entender de qué manera Pedro había de morir, y có­mo iba a glorificar a Dios con su muerte. Después le dijo: "¡Sigúeme!"


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